lunes, 6 de julio de 2015

DE LA GLORIA A LA DESGRACIA.

De la Gloria a la desgracia no hay más que un paso.
Miren si no la historia de este hombre, D. Alvaro de Luna.

A los veinte años entró en la corte Castellana como Ayo del rey Juan II, niño aún. Pocos años después se hizo imprescindible favorito  de este rey Juan, hasta el punto de lograr que el rey abriera un proceso amañado al condestable Ruy López Dávalos, aprovechándose de su huida a Aragón por su apoyo a Enrique, para apropiarse de su patrimonio y títulos. También obtuvo los títulos de conde de Santiesteban y Gran Maestre de la Orden de Santiago, adquiriendo así mismo  grandes riquezas.

En ese momento su poder parecía incontestable, pero solo se basaba en el afecto que le dispensaba el rey. Eso cambió cuando la segunda esposa del rey, Isabel de Portugal, madre de Isabel la Católica, temerosa del inmenso poder del condestable, conocedora de sus intrigas, abusos y ciertos asesinatos dispuestos por él, urgió con insistencia a su marido a prescindir del favorito.
Si a esto se une las envidias de los nobles y las avaricias de todos, la desgracia no tardaría en llegar para D. Álvaro.

El 4 de abril se detuvo al condestable por orden del rey en Burgos. 

El día 1 de junio se le trasladó a Valladolid, donde fue juzgado y condenado en un manido juicio que no fue más que una parodia de la justicia. 

Fue decapitado en cadalso público en la plaza Mayor de Valladolid el 2 o 3 de junio de 1453.

Juana Pimentel al conocer la ejecución de su marido, abandonó la resistencia  y rindió el Castillo de Escalona a las tropas reales  recluyéndose en el de Arenas de San Pedro. A partir de este momento, y hasta su muerte, Juana firmaría todos sus documentos como «La Triste Condesa», mostrando así el lamento que le producía la muerte de D. Alvaro.

En esta Sala-museo del castillo de la Triste Condesa permanecen, en quietas e inquietantes estatuas, D. Alvaro, Dª Juana y sus hijos María Luna y Juan Luna.


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