En la mitología griega era Clitia una ninfa, hija de Océano. Clitia se enamoró del Sol (Apolo Helio o Febo) y cada día lo observaba salir de su palacio recibiendo sus cálidos rayos como caricias hasta que desaparecía por el oeste en el firmamento. Sentada a la vera de un arroyo esperaba a su amado, pero aquel día no apareció y pasaron otros tantos sin que Apolo bajara a acariciar sus cabellos. Poco a poco Clitia comenzó a echar raíces hasta acabar convertida en una bella flor, un girasol.

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