Era media tarde. El sol iba declinando lentamente para ocultarse detrás de la montaña como venía haciendo desde hacía millones de años. Mucho, muchísimo antes de que existiera aquel pueblito con algo más de cuatro casas que estaba situado al abrigo de aquella falda en la montaña que llamaban El Cielo.
El Cielo era la montaña más alta que, según rezaba en el viejo libro que poseía Zacarías, había en todo el territorio.
Zacarías era a su vez el habitante más viejo del pueblo. Tenía tantos años que había perdido ya la cuenta y a quien le preguntaba por su edad siempre respondía con voz suave, -Tantos como altura tiene el Cielo.
Zacarías amaba profundamente aquella montaña y desde muy niño había tenido el sueño de llegar hasta arriba. Pero El Cielo siempre le había vencido.
En su juventud casi lo había conseguido pero antes de llegar las piernas le flaquearon, la cabeza le dio vueltas y comprendió que el pico más alto de aquellos confines estaba allí para ser admirado y sólo le dejaría soñar con coronarlo.
Desde aquel día eso era lo que hacía Zacarías admirar y soñar con la montaña..
Pasaba mucho tiempo releyendo aquel viejo libro que en su niñez le regalara aquel viejo sabio que un día marchó como había venido.
Zacarías no supo nunca de donde era ni a donde se fue, pues él decía que era de todas partes y de ninguna y que iba a cualquier sitio, pues todos le pertenecían, aunque ninguno era suyo.
Había aprendido mucho de aquel viejo amigo que cada mañana antes de salir el sol se sentaba a mirar la montaña y por la tarde repetía la operación hasta ver como el sol se escondía tras ella haciéndole guiños.
Zacarías no había salido nunca de aquel lugar, pero gracias a su viejo libro sabía cuán grande era el mundo, cuantas montañas había en él quizás parecidas a su Cielo, pero seguro que no había ninguna igual, pensaba.
Aquella mañana Zacarías se despertó muy temprano y una sensación extraña le decía que no iba a ser aquel un día como los demás.
Cuando se sentó con su viejo libro a contemplar la montaña, su inquietud se hacía mas fuerte. Mientras más miraba hacia arriba más intenso era aquel deseo.
Se puso en pie y como sin darse cuenta de lo que hacía entró en la casa, cogió algunas provisiones y con su bastón en la mano partió rumbo a la montaña.
Se sentía ligero y ágil como un niño. Según avanzaba se encontraba más y más ligero y mientras más empinado se volvía el camino menos les costaba a sus viejas piernas seguirlo.
Zacarías estaba tan feliz... su viejo sueño se estaba haciendo realidad, esta vez sí iba a poder encaramarse a lo alto del pico Cielo.
Los pájaros parecían acompañarle en su camino y volando casi a su altura le regalaban unos cantos tan alegres como no había escuchado nunca.
A medida que subía Zacarías el camino se iba llenando de flores preciosas, amarillas, azules, blancas y rojas. Los árboles que allí había nunca los había visto antes. Eran hermosos con bellas hojas azuladas y flores delicadísimas color blanco..
Estaba extrañado, pues siempre había pensado que en aquellas alturas no habría más que rocas y viento, sin embargo el aire era suave como una brisa marina.
El sol estaba en todo lo alto, por lo que pensó que ya sería medio día, así que se dispuso a comer algo, como hacía siempre a esa hora.
Sacó de su bolsa un poco de pan y una racimo de uvas secas y comió despacito.
Los pájaros se posaron a su alrededor revoloteando y comiendo las miguitas que él les proporcionaba.
Entonces cayó en la cuenta de que eran unos pájaros que tampoco había visto antes, de colores igual a las flores del camino y que lo miraban como si lo conocieran de siempre.
Que agusto se encontraba allí y qué hermoso era todo aquello.
Siguió su camino, subiendo y subiendo. No sabía el tiempo que llevaba caminando pues no sentía ningún cansancio.
Debía de haber llegado a lo más alto aunque el sol ya no brillaba en el cielo había luz una luz suave de atardecer y a pesar de la gran altura seguía el suelo alfombrado de flores bellísimas que aromatizaban el aire fresco y suave, y los pajarillos se iban buscando sitio entre las ramas de los árboles .
Entonces fue cuando escuchó Zacarías aquella voz pronunciando su nombre y la reconoció al instante. Era su viejo amigo que le hablaba despacito y suave como antaño con las mismas cariñosas palabras de entonces. Zacarías siguió a su viejo amigo mientras éste le contaba cosas sabias como en su niñez.
Cuando los vecinos del pueblo echaron en falta la presencia de Zacarías sentado a la puerta de su casa contemplando la montaña se alarmaron y fueron a buscarlo. Lo encontraron sentado a su mesa con un racimo de uvas secas y un trozo de pan del que había algunas miguitas esparcidas por el suelo, su bastón en la mano y una dulcísima sonrisa dibujada en su rostro sin vida.

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